lunes, 20 de abril de 2015

                                                                        Capitulo 2




El día de mi vigésimo primer cumpleaños no tenía grandes planes, estaba demasiado ocupada con los exámenes del primer cuatrimestre para molestarme en preparar una fiesta o celebrarlo de cualquiera de las maneras. 

Así que al llegar al piso de Justin, se me desencajo la mandíbula al encontrármelo lleno de gente, globos de colores y una gran pancarta colgada en mitad del salón.

Todo el mundo se había vuelto en dirección a la puerta, gritando y aplaudiendo. Justin, que se había aliado con Alba, mi compañera de piso, se acercó hasta mí y me envolvió con sus brazos. 

La mezcla de su colonia y el aroma de su piel me aturdió los sentidos cuando escondía la cara en el hueco de su cuello, avergonzada por el inesperado recibimiento.

—Felicidades, princesa —susurro en mi oído.

Su boca permaneció unos segundos más de lo estrictamente necesario rozándome el lóbulo de la oreja y, aunque creía estar inmunizada frente a sus innumerables encantos, no pude evitar que mi corazón se acelerase.

— ¿Cuando has preparado todo esto? —le pregunté, tras separarme de él. 

Esa misma tarde Justin y yo debíamos presentarnos a un examen de microbiología. Al entrar en el aula había buscado su cara entre los alumnos, sin éxito.

Desecho mi pregunta con un gesto de su mano, restando importancia al hecho de que aquello iba a repercutir de forma negativa en su expediente.

—No deberías… —le regañé. Miré a mí alrededor y distinguí a varios compañeros de laboratorio dando buena cuenta de las existencias de alcohol.

—No parecía que fueras a celebrarlo, y todos agradecen tener un pretexto para escaquearse de la biblioteca.

—Y que lo digas —repliqué, consciente de que mis amigos y los suyos tampoco es que necesitasen excusas para montarse una buena juerga.

—Dime que bailaras conmigo—me pidió, atrayéndome de nuevo hacia él.
Sus manos ciñeron mi cintura con naturalidad. Tal vez otra se hubiera sonrojado, pero yo lo conocía demasiado bien.

—Antes de que digas adiós.

El último baile siempre se lo dedicaba a él, pasara lo que pasara.

Siempre me buscaba antes de marcharse y bailábamos juntos una única canción. Luego él era libre de perderse con el ligue de esa noche. Alba decía que era algo enfermizo por nuestra parte. Y en alguna ocasión, la chica elegida por Justin se marchaba indignada por nuestro proceder. Pero para nosotros era una forma de despedirnos como otra cualquiera.
Justin puso en mi mano una cerveza helada y, con una sonrisa, se marchó con mis libros y mi bolso para ponerlos a salvo de lo que seguramente terminaría por convertirse en una de sus épicas fiestas.

Una morena, a la que no reconocí, ataviada con un vestido que dejaba más bien poco a la imaginación, se lanzó tras él. Podría jurar que iba relamiéndose mientras se abría paso entre la gente para seguirlo.

Eran como una plaga. Justin contaba con una auténtica legión de fanáticas que babeaban a su paso y a las que yo no les caía precisamente bien. Si alguna de ellas había venido a mi fiesta, no era precisamente porque quisiera desearme un feliz cumpleaños. Podía entenderlas en parte, no solo porque Justin fuera muy atractivo, sino porque además era encantador. Pero si se hubieran molestado en conocerlo un poco más, hubieran sabido que nunca repetía chica, por lo que todo a lo que podían aspirar era a pasar una noche en su casa y luego decirle adiós definitivamente.

La gente fue acercándose para felicitarme y, durante algo más de una hora, agradecí su asistencia y recogí regalos de todo tipo. Hasta que Alba se empeñó en aderezar la celebración con varias rondas de chupitos. Decir que mi compañera de piso era pésima preparando combinados era quedarse corta; sus chupitos resultaron ser armas de destrucción masiva.

Los universitarios, que no eran muy selectivos con el alcohol, no les pusieron pegas. La música fue subiendo de volumen, el salón —casi sin mobiliario para la ocasión— se fue convirtiendo en una pista de baile y yo, poco habituada a mezclar bebidas, pasé de estar achispada a borracha en menos de lo que tardaron las parejitas en comenzar a meterse mano por los rincones de la casa.

— ¡Los vecinos terminaran por llamarnos la atención! —grité frente a Alba, en un ataque de responsabilidad. Acto seguido me entro la risa floja, por lo que la pretendida reprimenda se diluyo al ritmo de la canción que sonaba. Alba despejaba la mesa de las bebidas y el picoteo, el único mueble de la sala, y me lanzo una mirada desafiante.

—Es la tradición —me animo.

Yo lo sabía. En algún momento, que ni siquiera los más veteranos recordaban, se había instaurado en la facultad la costumbre de que el anfitrión de una fiesta debía marcarse un bailecito encima de cualquier superficie horizontal y elevada que hubiera disponible, a ser posible, un baile hot , como lo llamaban algunos. Los chicos tendían a quitarse la ropa en la mayoría de las ocasiones, mientras que las chicas solían ser algo más recatadas y brindaban únicamente un baile algo subido de tono. 

Alba me empujo hacia la mesa, atrayendo la mirada de los asistentes, que comenzaron a silbar y a avivar los ánimos, ya de por si enardecidos. Era una venganza justa. Yo me había asegurado de que mi compañera de piso no escurriera el bulto un mes atrás en su propia celebración, y ella ahora me devolvía el favor. Me tendió otro chupito para darme valor y me lo tragué sin pestañear, a pesar de que era obvio que no lo necesitaba. Tenía suficiente alcohol en sangre para fundir un alcoholímetro con mi aliento.

Tras encaramarme a la mesa, busqué a Justin entre los rostros expectantes que me contemplaban. No había vuelto a verlo desde que me recibiera al entrar, pero sabía que no podía andar muy lejos.

Estaba segura de que me iba a estar recordando aquel momento al menos durante un par de semanas. Pero eso no me detuvo. 

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